La discusión es donde más se nota si entiendes tus propios resultados. Los números ya están en la sección anterior; aquí hay que decir qué significan, y es fácil hacerlo mal en las dos direcciones: o repites los resultados con otras palabras, o te lanzas a afirmar más de lo que tus datos permiten. Lo segundo es una de las críticas más habituales de los revisores.
Una buena discusión funciona al revés que la introducción: se abre desde tu estudio hacia el campo. Parte de lo que has encontrado, lo sitúa frente a lo que se sabía, ofrece explicaciones y avisa de lo que no puedes concluir, antes de terminar con lo que implica y lo que queda por hacer.
Esta guía te da un esquema en seis pasos con la función de cada párrafo, una extensión orientativa, un ejemplo y los errores que más repiten los manuscritos. Para las limitaciones, las líneas futuras y las conclusiones hay una página propia de cada una.
Tiene tres tareas: interpretar tus resultados, situarlos en la literatura y decir hasta dónde llegan. Es la sección donde se te permite opinar, y por eso es también donde un revisor es más exigente: cada afirmación debe tener detrás un dato tuyo o una referencia.
En extensión, suele ser la sección más larga del artículo junto con la introducción, a menudo entre dos y cuatro páginas. Pero no se mide por páginas: se mide por la proporción entre lo que dices y lo que puedes sostener. Una discusión larga y especulativa es peor que una corta y ajustada.
Cada paso suele ser un párrafo, aunque algunos admiten dos. Este orden funciona para casi cualquier estudio empírico.
Abre contestando la pregunta de tu estudio, sin repetir cifras. «El programa de reestructuración cognitiva redujo la ansiedad ante exámenes orales respecto a la lista de espera, con un efecto medio». El lector necesita saber de entrada qué has encontrado antes de que lo discutas. Si tenías hipótesis, di cuáles se confirmaron y cuáles no.
Sitúa el resultado frente a lo que se sabía: ¿coincide con estudios previos, los contradice, los matiza? Cita a quienes encontraron lo mismo y a quienes no, y si hay diferencia, intenta explicarla (muestra, medida, diseño). Es el paso más tentador para citar solo lo que te da la razón; un revisor que conoce el campo echará de menos lo que omites.
Aquí interpretas: por qué crees que ha salido así. Pero ofrece al menos una explicación alternativa plausible, y di por qué tu estudio la favorece o no puede descartarla. Un resultado con una sola explicación suena a certeza que el diseño rara vez permite. Y el resultado inesperado merece su propio párrafo: no lo dejes sin explicar.
Qué cambia en la teoría o en la práctica si tus resultados son ciertos. Sé proporcionado: una implicación no es una recomendación firme, y debe derivarse de lo que mostraron los datos, no de lo que te gustaría. Distingue entre lo que implica para la investigación y lo que implica para la práctica.
Las que de verdad afectan a lo que puedes concluir, con su efecto y qué hiciste al respecto. Tienes una guía completa sobre cómo escribir las limitaciones de un estudio. Colócalas antes del final, para que el último párrafo no sea una lista de problemas.
Qué haría falta para ir más allá, de forma concreta, y una frase final que devuelva al lector a la pregunta de partida. En algunas revistas las conclusiones van aparte; en otras, este último párrafo hace de conclusión. Tienes una página para las futuras líneas de investigación y otra para las conclusiones.
«Este resultado coincide con los estudios previos con estudiantes de ciencias de la salud (Autor, año; Autor, año), que encontraron reducciones de magnitud similar tras programas de reestructuración cognitiva. Difiere, en cambio, de lo hallado por Autor (año), que no observó efecto en una muestra de estudiantes de ingeniería. Una posible explicación es el formato del examen: en nuestra muestra predominaban las pruebas orales, donde la ansiedad social tiene más peso y la reestructuración puede resultar más relevante. No podemos descartar que la diferencia se deba a la medida utilizada, pues Autor (año) empleó un instrumento de ansiedad general en lugar de uno específico para exámenes».
El párrafo dice qué coincide, qué no, ofrece una explicación y reconoce otra que no puede descartar. Esa es la combinación que un revisor busca: compara, explica y se contiene.
Se repiten tanto que casi se pueden predecir:
Subraya en tu discusión cada afirmación y pon al margen de dónde sale: un dato tuyo, una referencia o una opinión. Las que queden en «opinión» necesitan una de las otras dos, o un verbo más prudente («sugiere», «es coherente con», «podría»). Es lo que hará el revisor, y mejor que lo hagas tú antes.
Y comprueba también la discusión contra los objetivos: cada objetivo debería tener su respuesta en el primer paso, y cada afirmación de la discusión debería poder rastrearse hasta un resultado. La guía sobre cómo redactar los objetivos tiene la tabla de trazabilidad que lo facilita.
Pega tu discusión y verás la primera objeción que le pondría un revisor, con la frase exacta de tu texto y lo que haría falta para resolverla. Mira lo mismo que esta guía: si la interpretación va más allá de lo que sostienen los datos, si aparece lenguaje causal con un diseño que no lo permite, si generalizas a poblaciones que no muestreaste, si las limitaciones reconocen el problema de verdad o solo los que no comprometen nada, y si discutes hipótesis que nunca se contrastaron.
Devuelve una sola objeción, la que más pesa, para que sepas por dónde empezar. Necesita al menos 350 caracteres y lo que pegas no se guarda. Como solo ve la discusión, si para decidir algo haría falta ver los resultados te lo dice aparte, en lugar de suponer.
La discusión interpreta los resultados, los compara con la literatura y habla de limitaciones e implicaciones. Las conclusiones, que a veces son un apartado aparte y a veces el último párrafo de la discusión, responden de forma breve a los objetivos sin añadir nada nuevo.
Entre dos y cuatro páginas en un artículo típico, aunque depende de la revista. Lo importante es que cada párrafo cumpla una función y que no se afirme más de lo que se puede sostener.
Solo lo mínimo: una referencia breve al hallazgo principal para abrir, y las cifras necesarias para una comparación concreta. Repetir todos los resultados con otras palabras es uno de los errores más habituales.
Informarlo con claridad y explicarlo. Un resultado nulo o contrario es información, y un revisor valora que lo discutas con honestidad más que que lo esquives. Ofrece posibles razones, incluida la de que la hipótesis fuera incorrecta.
Normalmente en la discusión, en el penúltimo párrafo. Algunas revistas piden un apartado separado con ese título; mira las instrucciones para autores.
Sí, y es habitual: la introducción justifica el estudio y la discusión puede necesitar literatura para explicar los resultados concretos. Lo que no conviene es que aparezcan solo para respaldar lo que ya habías decidido concluir.